asuntos de siervos

con el caballero síndico, oidor de esclavos


La mañana que Misterio se personó en el estudio del caballero Síndico tuvo que haber madrugado muchísimo para entrar entre los primeros. Los criados comentaron que cuando acudieron a abrir los portones ya ella ocupaba el tercer puesto de una fila que poco después desbordaría el corredor y atravesaría el patio para invadir buena parte de la calle. Exactamente igual todos los días; hombres y mujeres aguardaban, apoyados contra el muro o sentados en el suelo, hasta consumir un horario de dos horas que, aunque siempre se extendía a dos y media y a veces a tres, nunca alcanzaba para atender las quejas y suplicatorios de tan numerosa clientela. Aquel día primero entró un chino que tenía problemas de fecha en su contrata; luego hubo la queja de un esclavo viejo, vendedor ambulante de frituras, y a continuación llegó el turno del tercer suplicante. Cuando mi padre dijo “Adelante, pase”, una prieta avanzó hacia el escritorio bajo el cual me ocultaba y saludó con toda urbanidad:
— Buendía tenga su Mersé el caballero Síndico, que Dios gualde.
Él correspondió a la ceremonia levantando ambas cejas y con un movimiento de cabeza, como el que dice “Sí, buenos días también”, y se puso a rellenar la minuta iniciando una corredera de preguntas: nombre, raza, condición, edad, oficio, dirección del amo al que sirve… a las que la mujer, respetuosamente parada ante él, respondía con voz templada.
Cuando el Caballero preguntó como ella había llegado a Cuba, Misterio contó que una mañana la empujaron al vientre de un bergantín español que iniciaba travesía para traer gente comprada por hacendados cubanos. Eran ciento cincuenta piezas de ébano, que así los llamaban los tratantes para no pronunciar la palabra “esclavo”, y confiaban que, con buen viento, llegarían a La Habana en un tiempo corto para ellos, pero interminable para los desgraciados encadenados en la bodega. Sufrieron espantosas semanas de sed, calor y hambre. Muchos enfermaron y murieron y sus cuerpos fueron lanzados al mar. Para colmo, cuando ya pensaban que el viaje estaba a punto de terminar, la nave fue “visitada” por otros blancos que resultaron ingleses. Y ahí sí que se armó tremenda rumba porque, comprobada la carga, descubrieron a los esclavos. Los británicos arrestaron a la tripulación y declararon la nave buena presa. Uno de ellos, que tenía el pelo amarillo, se puso al mando y encaminó el barco hacia el punto más cercano al lugar del apresamiento, el puerto de San Cristóbal de La Habana. El Granadilla, que así se llamaba el navío, echó ancla en el fondeadero de Regla un mediodía de 1852. Militares españoles esperaban a la tripulación, inmediatamente encarcelada, y desembarcaron a veintiséis africanos, los que quedaban de los ciento cincuenta embarcados al zarpar: la viruela, los castigos y la sed habían hecho el resto.
En respuesta a las pocas preguntas con que mi señor padre logró meter baza a lo largo de su relato, la mujer refirió que, recién llegada a Cuba la llevaron al “Consulado”, el depósito de esclavos que había en extramuros. Allí le aconsejaron que mostrase diligencia en aprender la lengua pues el Gobierno iba a darle papeles y consignarla en casas, para trabajar de doméstica durante el tiempo que mandaba la ley: “En el Consulado un hombre que hablaba fransé me pidió que dijese a los que comprendían mi lengua de África que nadie podía comprarnos ni vendernos por ser nosotros gente que llegamos cuando ya traer esclavos acá no estaba permitido. Y que nada temiésemos pues el Gobierno se iba a ocupar de nosotros. Después nos regalaron papeles con nuestros nuevos nombres. Dijeron que eran “cartas de emancipados” y que no las había que perder. Que siempre hay que llevar ensima el papel” Llegada a este punto guardó silencio, clavó los ojos en el piso y suspiró sonoramente. Pero el suspiro, más que una exhalación, pareció una de esas resopladeras que se le escapan a uno cuando se desfonda.
― Sí señó. Así fue como pasó — concluyó.
Y el caballero Síndico comprendió entonces que aquella mujer era una emancipada a la que le habían robado los papeles.

Fragmento capítulo 4 de “Una casa en Amargura”>

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complicasiones con mi cédula


Me vinieron a buscar y pagaron por mí. Dijeron que era para servir en la ciudad pero me llevaron al campo Y era un ingenio viejo, de aquellos que llamaban “de raspadura”, con una negrada de sesenta esclavos, por la zona de Limonar. Mi malestar al no encontrarme en servicio de doméstica de ciudad y verme además lejos de La Habana era grande. Me preocupaba dejar de ser lo que ponían mis documentos que yo era; mi cédula tenía un número que remitía a un papel donde estaba escrito: “La portadora es emancipada con oficio de doméstica urbana consignada en inquilinato como aprendiza en casa de…”, y lo mismo decía la licencia de tránsito a mi nombre. Ponía “urbana”, que no “de campo”, y bien sabe su Mersé que una emancipada tiene el deber de llevar siempre encima la cédula cuando sale y sobre todo cuando transita fuera del ingenio, siquiera sea para cumplir encomiendas del amo, porque una tiene la obligación de mostrar el papel al Orden Público cada vez que lo reclama. Por eso me daba recelo que mi cédula no dijese la purita verdad, que a una sierva sin cédula de seguridad verídica la apresan y luego tiene que quedarse en el Depósito hasta que el amo vaya a responder por ella, si va, y pague los gastos de su captura, si los paga… Y si el amo tarda en acudir, una corre el riesgo de que se presente otro patrón que la pida y se la lleve o que el Depósito decida echarla a ganar y la arriende por días en faenas de poco interés y, cuando al final llega el amo de una a reclamarla, ya una no está y pierde el inquilinato. El asunto era serio y yo estaba contrariada, porque cuando no se sabe indagar en las leyes una se siente comprometida. Los amos pagan sus buenas onzas por domésticas como yo y a una le da por pensar que a lo mejor cuando el amo vaya a renovar mi papel, al ver que el documento declara “urbana” y estando yo en el campo, de repente decida apuntarme “de campo”, y si por un acaso el amo hiciese tal cosa, Dios no lo permitiera, lo que quedaría escrito en mi papel iba a obligarme a trabajar pa los restos en cacaotales, vegas, potreros o estancias campesinas, impidiéndome regresar más nunca a La Habana. Dígame su mersé si la cosa no era para preocuparse.
Decidí que lo mejor sería pedir permiso al Capitán General para cambiar de acomodo. Lo mandé hacer por encargo a un criollo de oficio carretero de bodega que venía por la casa cada dos semanas ofreciendo vituallas de las de abastecer ingenios. El hombre me pidió nueve centavos y dijo que él mismo dictaría a un escribiente la solicitud de cambio de amo en papel de pobres, poniendo mi nombre como suplicante. Tres meses después llegó la respuesta por la misma vía, es decir que la trajo el carretero. El criollo sabía de letras y me leyó: que yo disponía de pésima información sobre mi cédula1, la cual no se regía por la diferencia entre “de campo” y “urbana” sino por ser cédula de servicio doméstico; que la persona para la que yo trabajaba no tenía que hacer cambio alguno en mis papeles, solamente estaba obligado a pagar la boleta de su emancipada en el talonario de cédulas de seguridad de siervos para que todo el mundo supiese que servidora tiene acomodo de doméstica de casa; que eso se hace siempre en los meses de enero y de julio en la Secretaría del Gobierno Superior Civil; que el pago se realiza en las Cajas Reales del edificio de la Aduana; que el coste de la cédula era de medio peso a descontar de mi propio salario, caso de yo ser ladina y que eludir dicho pago comportaba una multa de diez pesos para mi patrón. Total, que no me consentían cambio de amo y me tenía que conformar sin moverme de acomodo

Fragmento del capítulo 20 de “Una casa en Amargura”

Una historia de esclavitud en la Habana colonial

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