casa grande

casa chica

Casa grande y casa chica


Mientras disponían la cena nosotros empezamos a mostrarle la casona, pues yo solamente deseaba que mi invitada se sintiese a gusto, como en su propia morada. Hay que decir que justo al comienzo del itinerario ya dejamos a un lado los ustedes y decidimos tutearnos, cosa que a mí me dio mucha alegría. En animada charla Ulises y yo íbamos explicando las partes del edificio: “Recuerda: zaguán, cocheras, cuadras, patio y traspatio por acá: sala, saleta, comedor de aparato, salón de música, biblioteca y escritorios en el frontal; dependencias, caballerizas, almacenes, cocinas, letrinas y lavandería al fondo; la zona de domésticos por allí; arriba nuestros cuartos, tocadores, alcobas, un comedor de diario, los corredores y la veranda.” Precedidas por el muleque, que oficiaba de mayordomo abriendo y cerrando puertas, recorrimos todos los cuartos despaciosamente, como diría Misterio. Ulises comentaba los detalles generales y yo completaba apuntando pormenores. Ella manifestaba sorpresa ante las cosas más menudas y quería conocer hasta el más nimio de los detalles. Su curiosidad era enorme, preguntaba el nombre de cada objeto y lo repetía, deseaba aprender las palabras que usábamos acá para nombrar los balances de caña, los veladores, los guardabrisas, las jofainas… hasta se interesó por las maderas con las que se habían fabricado los muebles. Le fascinaba absolutamente todo y cuantas más cosas veía, más le llamaban la atención; preguntó cómo filtrábamos el agua en las tinajeras, qué tipo de hogar usábamos para prender candela, si las coladas las hacíamos en casa o las enviábamos fuera, donde dormía la negrada y los guardieros… quiso que le explicásemos nuestro modo de preparar café, cómo lo tostábamos, si lo colábamos enseguida o lo dejábamos reposar; si al chocolate le añadíamos pimienta o vainilla… y todo parecía traerle a la memoria los recuerdos de su tierra. Cuando entramos en salón exclamó:
―¡Tienes un piano!
—Pues sí. Era de mi mamá. Es un Boisselot que vino de Francia hace tiempo. Me contaron que, cuando llegó a La Habana, mi abuelo envió diez esclavos al Muelle de Caballería y, como si fuese de cáscara de huevo, lo transportaron a hombros desde el barco hasta la casa. ¡Imagínate el desfile! ¿Tú sabes tocar?
—Sí. Y me encanta. —Dijo, acariciando el marfil de las teclas.
―¡Qué rebueno! ¡Pues a tu disposición!

Fragmento capítulo 25 de “Una casa en Amargura”

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Una historia de esclavitud en la Habana colonial

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