muelle de caballería

muelle de caballería


Los Xing desembarcaron en la Isla como “orientales californianos”, formando parte de la segunda migración de asiáticos que recibió Cuba y echaron pie a tierra en la Real Villa de San Cristóbal de La Habana una nublada mañana de diciembre del año 1871, con un capital en oro equivalente a ciento treinta y seis mil quinientos pesos y un hijo de menos de trece años. Traían papeles mostrando que venían invitados por otro chino, el señor Ambrosio Cuang Ken Fu, un completo desconocido que atendía una bodega de las de cantina barata en Salud, entre Manrique y Campanario. El tal Ambrosio llevaba tanto tiempo viviendo en Cuba que ya se había cortado la coleta, usaba sombrero de paja, vestía calzón de lienzo y hasta tenía perdida la ele de los orientales, pues era capaz de pronunciar perfectamente “cariño, mi amor”, en vez de trabarse y decir “caliño, mi amol” como los de su nación. Los Xing habían pactado con él, previo pago, que se personaría en el punto de desembarco de inmigrantes dando grandes muestras de alegría y haciendo creer que quienes llegaban eran familiares muy cercanos para, a continuación, responder por ellos ante las autoridades presentando su propia cédula y sus documentos de residente. En los bajos de la Real Aduana declararían juntos que nada tenían que declarar, identificarían equipajes y pagarían aranceles. Ambrosio acompañaría a la familia por las dependencias del puerto hasta llegar al muelle de San Francisco donde, cumplidos los requisitos de entrada en el país, podrían por fin hacerse cargo de sus pertenencias: doce baúles, cinco valijas, tres grandes cajones de madera repletos de porcelana, otros dos con enseres domésticos y cerca de docena y media de bultos y paquetes. Reunido el equipaje, los hombres amarrarían los bultos en una carreta previamente arrendada por el recién conocido bodeguero y esperarían tranquilamente la llegada de un quitrín de alquiler económico, apalabrado la víspera. Aguardaron por espacio de dos horas sin alejarse de la carreta, la señora y el niño sentados sobre fardos y protegidos del sol con una sombrilla y los hombres apoyados en un noray. Mientras hacían tiempo tuvieron oportunidad de deleitarse ante el espectáculo sin igual del más grande de los puertos del Caribe. Pareciese que todos los mástiles de todas las naves de los mares todos se hubiesen dado cita allí, en la propia bahía de La Habana, formando ordenada empalizada de proa a la calle, enarbolando banderas de tres continentes, con tripulantes de cinco razas e interpretando una suave danza de navíos que zarpaban, fondeaban o echaban ancla. Mezclados entre majestuosos bergantines, bricbarcas y goletas, había docenas de embarcaciones de bajel, cargueros de mercancías, paquebotes, vapores de pasaje, buques de línea y fragatas del Reino de España. La parsimonia de los grandes veleros contrastaba con la frenética actividad de una multitud de balandros, canoas, cayucos y barcazas de poca categoría que iban y venían apoyando maniobras, cargas y descargas. Por no hablar de las decenas de guadaños, botecillos de transporte económico gobernados por particulares, las mayoría pardos descalzos con el torso desnudo, calzón de lienzo y pañuelo de color amarrado a la cintura, que cruzaban el canal por su parte más estrecha transportando pasajeros y bagajes de orilla a orilla. El señor Xing admiró el extraordinario volumen de productos dispuestos para ser exportados, cuidadosamente apilados, protegidos del calor y de la dureza del sol en cobertizos construidos a lo largo del muelle de carga. Se asombró ante la variedad que presentaban los envíos pues, tal como enumeraba Ambrosio y asentía él repitiendo sus palabras con movimientos de la cabeza, la isla era un verdadero paraíso, un vergel que facilitaba mercancías por vía marítima a medio mundo. De acá se expedía todo lo que se puede enviar por partidas, remesas o en simples fardos. No había más que echar un vistazo para apreciar, a pie de muelle, la naturaleza de las cargas: aquí azúcar, tabaco, vainilla, café, cacao, mandioca, maíz… allá aceites, aloe, coco, ron, banana… un poco más lejos añil, alcanfor, hojas de palma y yarey… y al fondo, hacia la izquierda, el dificultoso embarque de palos de moruro, caoba, cedro, o de maderas durísimas como el quebracho, llamado así porque “quiebra el hacha”, o el patabán, un mangle de color oscuro que se usa para hacer postes. Sí señor. Uno se quedaba sin palabras. Por fin llegó el esperado transporte, sin prisa y sin disculpas.

Fragmento capítulo 20 de “Una casa en Amargura”

Una historia de esclavitud en la Habana colonial

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