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«A la mujer del patrón, que se había prometido con su esposo, viudo reciente con una hija, sin haberlo visto más que en una imagen de cristal que le enviaron a Burdeos colocadita en un cuadro, la tenía yo que llamar “Madame Denise”. Parece que el retrato no hacía justicia al hombre, pues mostraba un ser angelical cuando él era fiero, malencarado y se ponía bravo por un “buenos días tenga usted” dicho demasiado bajo, pero igual se casaron los dos, a distancia. Y al final no parecían demasiado infelices»
(...)
«El amo se había casado más que maduro y por poderes con una muchacha joven, también gallega y también del famoso Cordeiro. Decían las lenguas torcidas que en España ella andaba enamorada de otro, un seductor demasiado parrandero del que su familia intentaba alejarla a toda costa y que su papá, por las malas, la obligó a casarse con don Ramón Castro Ferro, mi amo, al cual no conocía ni había visto más que en la fotografía de un pequeño camafeo antes de llegar a Cuba. La cosa fue que el amaño salió mal y duró poco: el marido cincuentón, repeinado y sonriente que esperaba en el muelle a una jovencísima Florentina Ábalo Couselo no resultó del agrado de la dama que a fuerza de mirar y remirar la fotico se había imaginado un caballero bien distinto y la señora frunció el ceño. La cosa se viró desde el principio, y con el ceño fruncido permaneció doña Florentina, mujer de mal humor y de muy poca temperancia que detestaba la vida en el ingenio hasta que, sí o sí, se le solucionó el asunto»

Fragmento capítulo 4 de “Una casa en Amargura”

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Lo que habría dado en aquel momento por disponer de algún daguerrotipo o de una simple albúmina con su rostro! Bien poco nos hubiera costado ir hasta O’Reilly esquina Compostela, para encargar un retrato en formato cabinet al señor Serrano, el de la galería de J.A. Suárez y Cía. que se anunciaba en todas partes como “fotógrafo de cámara de la Real Casa, con el uso de sus Reales Armas”. Podríamos haber posado las dos, seguramente yo sentada y ella parada a mi lado, mirando recto a la cámara, ante un falso fondo palaciego o un paisaje de jardines. Y es que desde que se fue, cada vez que contemplo los prodigios de retratos en porcelana y cristal del estudio de Néstor Maceo, el sacerdote, o del de los Mestre, esos catalanes que también tienen gabinete en O’Reilly, lamento en el fondo del alma no haber tomado la decisión de llevármela hasta allí y que nos retratasen

Una historia de esclavitud en la Habana colonial

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