real casa de beneficencia

Alimentando expósitos


La Casa de Beneficencia obsequiaba a las parturientas con algo de vino, chocolate y bizcochuelos, pero en el lote mío, como el parto había sido bien difícil, añadieron también media gallina. El caso es que yo no llegué a probar nada de todo aquello porque, tras el lío que se armó con el robo de mijita, que solo seis días la tuve conmigo, mi comida desapareció y yo caí enferma. Vino a verme un doctor y dijo que yo sufría debilidad severa, que necesitaba descanso, aire libre y excelente alimentación. Cómo no. Y tranquilidad. Qué otra cosa iba a recomendar un médico blanco a una africana depositada en la Real Casa de Beneficencia que acaba de dar a luz y le han robado el fruto de su vientre… como si el sosiego dependiese de una, a mí me lo iban a decir. Bien sabía él, como yo misma, que lo que se me había quebrantado era el fondo del corazón, allá en el puro interior del alma mía. A pesar de todo me subió la leche. Tardó en subir, pero subió. Desde la Casa de Beneficencia mandaron razón a toda prisa a la Inclusa anunciando que había una negra en condición de criar, y de allá llegó corriendo una hermanita que me quiso convencer. Dijo que yo tenía que comprender que, tras el infortunio de que mi hija ya no estuviese a mi lado, lo que Dios ahora me concedía, poder alimentar a un semejante, era una gracia inmensa y que solo pensar en desperdiciar tanta fertilidad era pecado mortal. Aquella monja se la pasó platicando sobre lo injusta que es la vida para algunos y afirmando que una no tiene que hacerse preguntas, ni renegar de nada, ni dudar de la voluntad de Dios Nuestro Señor pues, como todos sabemos, Él escribe derecho sobre líneas torcidas. Yo no me conformaba con la explicación y además aquello de escribir derecho en líneas torcidas no lo acababa de comprender, pero ella seguía hablando sola. Que si no sabía yo lo afortunada que era, que teníamos que dar gracias juntas, orar con fervor y devoción porque aquello era una bendición del Altísimo ya que mi leche serviría para alimentar a los desgraciadísimos expósitos que la Inclusa cobijaba. “El Señor nunca abandona a sus hijos. Nos cuida de día y de noche como a los pajarillos del campo. Hermana, repite conmigo: ¡Gracias, Señor! ¡Aleluya! ¡Aleluya!”. Menuda sambumbia montó la mujer. Voceaba elevando las manos al cielo y mirando al techo como si Jesucristo en persona fuese a asomar por entre las rendijas del tablado. Ante tanto arrebato no tuve más remedio que seguirle la rumba. “Grasias, Señó. Aleluya”, repetí sin mucha gana. Y lo hice tres o cuatro veces moviendo fuerte la cabeza de arriba abajo como quien da la razón a un niño chico. Total, que me solicitó para amamantar expósitos. Me dieron permiso y allá fui yo, alquilada de ama de cría en la casa cuna de la Inclusa, con mi desconsuelo infinito y sin ansia de más cosa que no fuese lamentar la ausencia de mi niña, tan blanca y amada, verdaderamente un regalo del sielo. Y no quiero recordar la desolación que me atacaba cada vez que tomaba en brazos a uno de aquellos pequeñines para alimentarlo, ellos sí que no tenían más cosa en este mundo que su propia camisola y lo que una pudiese darles. ¡Cuánta piedad me despertaban los pobrecillos! Los días en la Maternidad pasaron suave, las hermanas se ocupaban de nuestra tranquilidad para que se nos demorase lo más posible la retirada de la leche; comida sabrosa, ropa limpia y vida serena disfrutábamos las crianderas, incluso nos pagaban la amamantadera, aunque teníamos que entregar, obligadas, la cuarta parte de lo que cobrábamos a la Casa. Al final la leche se me mantuvo trece meses y, apoco apoco, entre arrorró mi niño y arrurú mi sol, la salud se me fue recomponiendo, pero la tristeza no. Aquellos tiempos, aunque fueron buenos, yo los viví con lentitud de condena porque en ningún lugar, ni en la Inclusa ni entre las altas paredes de la enorme y fea Casa de Beneficencia, hallaba mi corazón motivo para seguir viviendo sin mijita.

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Derecho de inclusero


Casilda carabalí Fenoll, una negra caoba más que sandunguera que era charlatana y transmisora de decires, alquilaba un cuarto interior en la planta alta de un condominio y en él malvivía con sus cuatro niñas, a las que un ama española muy cristiana, en puro arranque de extravagancia, había rebautizado como Prudensia, Justisia, Fortalesa y Templansa, o sea las virtudes cardinales.
Mi vecina buscaba trabajo bajo las piedras y aceptaba lo que le ofreciesen porque estaba obligada a devolver un préstamo de buena fe que había tenido que pedir; la deuda venía de siete años atrás, cuando la santurrona de su ama la había coartado fijándole precio. Casilda, temiendo que si no compraba ella misma su libertad, el ama la fuese a vender sola y separarla de sus hijas, se echó a la calle enloquecida suplicando a diestro y siniestro y dispuesta a hacer lo que fuese para reunir el precio que el ama pedía por ella. Tuvo suerte, una prestamista amiga de su madrina le adelantó los pesos bajo promesa de devolución en pequeñas cantidades quincenales y gracias a ello ahora eran libertan, pero pasaban estrecheces para cumplir los plazos porque solo que se retrasasen un día en el pago ya la prestataria enviaba un par de morenos de temeraria apariencia con los dedos de las manos cargaditos de anillos para reclamar la deuda. Sí señor. Casilda carabalí Fenoll las pasaba remal.
Gran mujer. Además de combativa y luchadora, pero luchadora de las buenas, Casilda era de las pocas morenas que yo conocí capaz de menearse con agilidad entre los atajos de la ley para sacarle partido. Tal como ella misma me confidenció secretamente una noche, para que sus hijas, todas nacidas por la izquierda y sin padre reconocido, no fuesen propiedad de nadie y menos de la valenciana miserable a la que entonces pertenecía, había decidido disimular sus gravideces ocultándolas a los ojos de su ama ¿Qué cómo logró semejante cosa y, además, por cuatro veces? Pues huyendo de la casa para ir a parir donde una amiga y exponiendo sus criaturas, poco después, en el torno de la Inclusa.
A mi me parecía increíble, pero Casilda hizo parejo con cada una sus hijas, la una tras la otra: nacía la niña y su madre la guardaba amorosamente cuatro días, al quinto, con profundo dolor de corazón, le enredaba al cuello una cinta con su nombre raramente trenzado en vivos colores, le hacía una marquita en el muslo y la dejaba en el torno de la Inclusa. No era abandono, decía ella, sino ingrato sacrificio necesario.
La pobre, tras exponer a cada niña, regresaba a la casa de su ama donde primero sufría castigo por haber desaparecido tantos días y luego tenía que abonar el equivalente en pesos del trabajo que había dejado de hacer en su ausencia pero, transcurrido un tiempo de prudencia, que solía rondar los quince meses, se personaba de vuelta en la Inclusa y, entre grandes aspavientos, reclamaba a la niña chillando que era hija suya, que se la habían robado a poco de nacer y que, casualmente, acababa de reconocerla por la cicatriz que ella misma le había hecho en la pierna. Por supuesto, cuando le pedían evidencias, a sabiendas de que en la Inclusa siempre conservan los objetos que llevan consigo los expósitos cuando los dejan en el torno, ella enarbolaba una cinta igualitica a la que portaba el bebé en torno al cuello cuando fue abandonado. Ni que decir tiene que le entregaban de vuelta a su niña. Casilda carabalí Fenoll sabía bien lo que hacía; gracias a ella tener los arrestos necesarios para transitar con toda su astucia por tan peligrosas callejas, sus hijas se apellidaban Valdés, que es como la ley de Cuba manda llamar a los expósitos y, aunque las cuatro tenían la piel más prieta que el puro tizón, ¡estaban anotadas como blancas por derecho de inclusero!


Carlos IV, en enero de 1794, había equiparado a los expósitos con el Tercer Estado por lo que el simple paso de una criatura por la Inclusa le confería el calificativo de blanca y, en Cuba, el apellido Valdes (sin acento, para diferenciarlo del de los descendientes de las familias Valdés), que era el apellido del Obispo protector de dicha Institución en La Habana. Las madres esclavas hacían lo imposible y exponían a sus criaturas en la Inclusa para, transcurrido un tiempo, presentarse a reclamarlas. Con tales manejos los hijos “adelantaban” socialmente pues eran anotados como de raza blanca y además obtenían un apellido que no era el del amo al que pertenecían sus madres. De actuaciones similares se entiende que, en la Cuba del XIX, el color legal y el color real de las personas no siempre coinciden.

Una historia de esclavitud en la Habana colonial

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